25 de junio de 2015

Ella

Tres años, tres días. Tres. Cómo lo odiaba. La última parte de su vida había girado en torno a ese número. Cuántas veces había soñado con ese momento. Ahora, las puertas de la cárcel le abrían el camino hacia la libertad, una libertad que ya casi podía saborear.
Desde que lo habían acusado del homicidio de ella, su vida había cambiado por completo. Allí  todo estaba marcado por horarios, y había acabado odiando el naranja que daba color a su mono.
Ahora aquello había terminado. Por supuesto, seguiría defendiendo su inocencia hasta lograr que lo creyesen, para poder rehacer así su vida por completo y volver a empezar.

De camino hacia su casa absorbió todos y cada uno de los detalles desde la ventanilla, respiró el aire de fuera de prisión y disfrutó de la sensación de no llevar aquel odioso mono.
Solo habló con el conductor en el último momento, cuando decidió cambiar su destino. Le avisó que iría al otro extremo de la ciudad, hacia las afueras. Si a este le molestó el cambio de ruta, no lo demostró.
Se bajó del vehículo, esperó a que se marchase y se dirigió hasta un destartalado cobertizo algo apartado del resto de viviendas. Aún quedaban restos de la pintura azul que antes cubrían las paredes. No le hizo falta la llave; la oxidada puerta cedió sin problemas.  Avanzó hasta la siguiente habitación, y  casi se le salieron las lágrimas. Todos esos años en los que había cumplido una condena que no le correspondía, ella había estado allí, esperándolo sentada en aquella silla de madera, como la última vez que la había visto.
No entendía por qué no había dicho nada ni había salido a defender su inocencia,pero seguía queriéndola, a pesar de todo. Él tampoco le había hablado a nadie de aquel cobertizo: era algo demasiado íntimo, demasiado personal.
Se acercó lentamente, le tocó la mano y le perfiló el rostro con el dedo.No la recordaba tan delgada, pero sin duda seguía siendo ella. Se la veía algo más envejecida, pero era ella al fin y al cabo.
Una sonrisa iluminaba su espléndido rostro, que cubría un mechón de cabello  rubio. Se sentó enfrente, solo para contemplarla, saboreando ese momento de tranquilidad,  e imaginando que nada había cambiado.Y de repente, todo estalló. La puerta se abrió y varios agentes irrumpieron en la habitación, ¡cómo se atrevían!
Entonces, mientras varios lo sujetaban a él, otros la cogieron. Gritó con todas sus fuerzas, pataleó, intentó acercarse a ella, pero no le dejaron. Ni siquiera le permitieron mirarla una vez más o abrazarla, por mucho que insistió y que les dijo que él había tenido razón todo ese tiempo, que ella seguía viva. No entendía nada. A pesar de todas sus protestas lo arrastraron hasta fuera, y desde allí, con unas esposas alrededor de sus muñecas y tobillos, la vio salir, cubierta por una bolsa de plástico negra. No era posible.

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